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La microviolencia entre los jóvenes

La violencia escondida

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La microviolencia es más oculta, más difícil de identificar. Hablamos de algunas de sus formas que parecen venir en combo con la adolescencia. La violencia es violencia, no hace falta edulcorarlo. Macro, micro, sigue siendo violencia. Pero cuando hablamos de “microviolencia”, nos referimos a esas formas agresivas que aparentan ser más pequeñas y que pasan desapercibidas muchas veces, al punto de que muchas de las partes involucradas no las ven como actos que vulneran a otros.

La palabra “micro” no quita la violencia, únicamente la enmascara un poco más

Por supuesto que este tipo de violencia no es exclusiva de los adolescentes, ni mucho menos. Ocurre diariamente entre adultos e incluso niños a través de todo tipo de vínculos.

Pero, si bien pueden ocurrir situaciones violentas entre infantes, ciertas formas de microviolencia parecen aparecer notablemente durante las edades que asisten al nivel secundario. Esto tiene relación con el cambio entre las interrelaciones de los jóvenes, el uso del sarcasmo, la ironía, y algunos recursos menos presentes durante la niñez.

Es importante destacar que, como se dijo al principio, la palabra “micro” no quita la violencia, únicamente la enmascara un poco más, lo cual puede resultar también bastante peligroso. Hablar con nuestros adolescentes sobre estas formas es clave para ayudarlos a cultivar el discernimiento respecto a ellas, ayudándoles a identificarlas, evitarlas o confrontarlas.

Tipos de microviolencia

El sarcasmo y la ironía

Algunos jóvenes no identifican tan rápidamente el sarcasmo como tal, o pueden percibir las interacciones de manera más literal. Esto los convierte rápidamente en perfectos objetivos para quienes hacen uso de la ironía en sus discursos. Difícil de identificar y de manera sutil, el sarcasmo se cuela en los comentarios casi al pasar, dejando pequeñas estocadas hirientes a quien lo recibe.

Invisibilización

Invisibilizar a otro también es una forma de violencia. Consiste básicamente en “desaparecer” a la otra persona. Hacer de cuenta que el otro no está ahí cuando en realidad lo está y es muy real. Hablar del otro en su presencia como si no estuviera, no responderle cuando habla o pregunta, ignorar, desestimar y minimizar, son algunas maneras de invisibilizar al otro.

Requisitos de la pertenencia

La pertenencia cobra un peso aún más grande durante la etapa adolescente, y es por eso que se convierte en la meta inconsciente de muchos, por no decir de todos. Una meta natural y propia del ser humano, pero una que muchos llevan hasta extremos insospechados. Todo puede convertirse en válido a la hora de formar parte, incluyendo pedidos personales y dominantes hacia alguien que quiere pertenecer a un grupo, ridiculización y menosprecio que muchas veces no terminan en más que eso. Un “derecho de piso” que algunos quieren cobrar y otros están dispuestos a pagar.

Opiniones extremas

Sabemos que la empatía no es el fuerte de la mayoría de los adolescentes, por una cuestión de desarrollo de la personalidad. Se encuentran en plena construcción, con lo cual la formación de opiniones y convicciones propias les ayudan a definirse como personas. Si bien este proceso es natural y sano, puede conllevar más de una dificultad en el ámbito social.

Las opiniones extremas, que no tienen miramientos ni contemplaciones de las de los demás, pueden herir rápidamente. Cuesta mucho el “yo creo”, “a mí me parece”, “para mí”, y prima más el “esto es así”. Ese absolutismo, ya sea sobre temas banales o profundos, muchas veces atenta contra la construcción propia de otros jóvenes que no exteriorizan tanto sus opiniones, o que opinan diferente. Muchas veces, incluso, estas afirmaciones pueden derivar en etiquetas que definen a los demás, alejándose del “yo siento que” para acercarse al “vos sos así”.

Juego rudo

Los chicos de esas edades aún expresan el “estábamos jugando” o “era un chiste” en la diaria, claro que sí. Pero muchas veces esos “chistes” tienen que ver con referirse a otros con palabras fuertes, con calificativos negativos, con tocar partes del cuerpo del otro, con manifestarse físicamente, con tocarles los objetos personales a los demás o incluso con comentarios que rozan la discriminación. Puede ocurrir también entre pares, de forma recíproca y sin mucho reparo, realmente como un modus operandi de relacionarse e interactuar.

Difamación

En ambientes tan cerrados como las escuelas o los grupos de pares reducidos, el chisme, la calumnia y la difamación se convierten en un arma aún más letal. Sumado a la preocupación lógica del adolescente por el “qué dirán” y su construcción de la personalidad, la pérdida de reputación a manos de la palabra de otro puede ser devastadora.

A veces comienza por algo aparentemente “inocente”, como la opinión extrema respecto a un otro, que escala hasta convertirse en cuasi un hecho real, aunque sea falso. Cuesta mucho el discernimiento de que esa opinión y vivencia no dejan de ser personales, y la elección de vivir la experiencia propia con las personas para formar juicios individuales.