Cómo fomentar la solidaridad en la adolescencia

Empecemos por casa

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La empatía, la generosidad y la solidaridad son valores por los que vale la pena invertir. Qué piensan los adolescentes de esto y cómo podemos fomentar valores solidarios desde casa.

La solidaridad hace del mundo un lugar mejor

Los niños no suelen ser naturalmente empáticos. Esta afirmación está lejos de albergar connotaciones negativas o malas intenciones. Cuando la edad es corta, cuesta comprender todas las aristas e implicancias de la empatía, solidaridad y generosidad. Así todo, los niños pueden aprender a, dentro de los esquemas mentales propios de la edad, volverse cada vez más solidarios y sensibles ante la necesidad de otros.

¿Qué hay entonces de los adolescentes?

Dada la calidad de proceso que posee el desarrollo de la solidaridad, es imposible dejar afuera a la niñez. Esta construcción e incorporación del sentido de compasión y empatía se inicia en edades tempranas. Pero es en la adolescencia cuando los jóvenes comienzan a tomar real consciencia de la famosa regla de oro: no le hagas a otro lo que no te gusta que te hagan a vos.

Durante la niñez, estas concepciones se conforman a partir de la relación con los padres, pero durante la pubertad entran al campo de juego las normas que establece la sociedad, las relaciones personales entre amigos, los referentes, personajes e instituciones con las que el joven se relaciona.

Aunque separada de la niñez, la adolescencia continúa siendo hedonista por excelencia: la ejecución de acciones más o menos “moralmente correctas” tiene más que ver con la conveniencia personal que con los valores elegidos.

Pero a medida que el adolescente adolece y sigue creciendo, el accionar se va transformando en uno que ya no tiene solo en cuenta las necesidades propias o la búsqueda de aprobación, sino también una moral que contempla el espectro social. La madurez moral comienza a emerger. Siempre de a poco, obviamente.

El adolescente se encuentra en plena construcción de su personalidad e identidad, y este camino no es para nada lineal. Por momentos se acerca a la dependencia infantil, mientras que por otros el péndulo se acerca a la rebeldía, distinción y búsqueda de total autonomía.

¿Cómo fomentar la solidaridad en nuestros adolescentes?

Empecemos desde antes. Como ya dijimos, la solidaridad puede empezar a construirse desde la niñez a través del compartir en casa, las actividades colaborativas y el trabajo en equipo.

Nuestra casa y familia son fuentes primarias de bienestar. Si cultivamos desde nuestro hogar la gratitud, las tareas colaborativas, el reconocimiento a hacia otros miembros familiares, el elogio, la empatía frente al dolor, el reconocimiento de la dignidad de toda persona y las conversaciones sobre emociones propias y ajenas, esto naturalmente tendrá un alto nivel de impacto en la crianza de nuestros hijos.

Fomentemos la consciencia social

Conversemos sobre los problemas de nuestra sociedad, ciudad o país no exclusivamente desde la queja, sino generando pensamiento e ideas críticas y pensando soluciones. Para llegar a posibles soluciones es necesario ponerse en los zapatos de otros, razonando sobre las emociones, decisiones y actitudes ajenas, y aceptando, aunque no las comprendamos o compartamos del todo.

Los debates abiertos son clave

Si nosotros cercenamos las opiniones de nuestros hijos desde casa, si no respetamos lo que piensan, aunque no estemos en acuerdo con ellos, si no les damos lugar a expresar sus ideas; no podemos pretender que ellos lo ejerciten para con otros con tolerancia y amabilidad.

Para quienes recién entran en la pre adolescencia, poder proponerles la práctica de algún deporte, voluntariado o actividad que requiera colaboración puede sumar a la consciencia de otro. La unidad que se genera entre personas que poseen un objetivo en común, ganen o pierdan, obtengan o no algo a cambio, es de mucho valor para promover la solidaridad y la colaboración en lugar de la competitividad.

La queja pasiva vs. la consciencia activa

Promovamos la movilización frente a las situaciones que nos indignan, enojan o conmueven en lugar de la queja distante. Nos molesta, lo identificamos, pero ¿Qué podemos hacer respecto a esa realidad? ¿Esperamos que otros se muevan o cambien, o entendemos que también está en nosotros el hacer?

La solidaridad nos empuja a hacer cosas, no a mirar desde el otro lado de la ventana. Ayudarlos a distinguir entre la amabilidad y la sumisión, entre ser asertivos y crueles, entre ayudar y dar lo que no tenemos. En el camino hacia la solidaridad genuina, ser pisoteados por otros en búsqueda de aprobación no debería de ser una opción.

La solidaridad hace del mundo un lugar mejor. Puede sonar poético o romántico, pero no por eso resulta menos verdadero. Enseñarles a nuestros jóvenes que dar es mejor que recibir, que la ley de la siembra y la cosecha es real, y que hacer es mejor que solo quejarse; les aportará riqueza a ellos en primer lugar, a las personas que nos rodean y también al total de la sociedad en la que vivimos.

Heliana Moriya

Docente de música de niveles inicial, primario y secundario

Psicopedagogía